Fiestas Swinger LLV

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Atrás quedaron las épocas en las que salir de fiesta sw era una enorme interrogante. ¿Cómo estará el lugar? ¿Qué tipo de gente irá? ¿Ligaremos? ¿Nos ligarán? ¿Tendremos que salir corriendo asustados por la fauna local? Nadie mejor que nosotros entiende a los novatos porque nosotros lo fuimos durante muchos, muchos años. Iniciar en este deporte es emocionante, pero la incertidumbre es tal que puede paralizar a cualquiera. Digo todo esto porque algunas veces, tenemos la sensación de que el medio liberal mexicano, que aún está lejos de ser perfecto, maduró al mismo ritmo que nosotros, y que ahora que nos sentimos en un escenario ideal, seguramente tiene que ver con que cada vez hay mejores opciones, es decir, hay más opciones.
El sábado pasado, tal como lo prometimos, fuimos a la fiesta de Luxury Lifestyle Vacations. La pasamos de maravilla. Fue una noche entre amigos, en un entorno tan familiar que parecía la versión lasciva de una buena cena navideña. Estaba el lugar repleto, y en una bien ubicada mesa, departimos con nuestros alegres camaradas, cófrades célebres todos ellos.

Resulta ser también que, al llegar, nos dieron la grata sorpresa de nos esperaban unas nuevas conocencias importadas del Brasil, a los que de hecho no conocíamos, pero nos anunciaron por email que estarían en la fiesta. A esos dos, aún no los vemos muy interesados en unirse a nuestra peculiar Liga de la Justicia, pero de que son candidatos... son candidatos. ¡Qué mujer tan hermosa!

Mariana llevaba un vestido negro muy corto, muy entallado que, para mayor escándalo, tiene cierres verticales en todo el frente y facilita los accesos. Se veía fantástica. Seguramente anticipaba pasarla bien, porque ésta fue una de esas ocasiones en las que prefiere dejar la ropa interior en la casa. Yo me había decidido a mantener un estilo película de Tarantino y, contra la mejor opinión de mi mujer, me puse traje y corbata negros. Cierto que parecía yo más enterrador que maleante guapo, pero la Pícara Acosadora y la Perla del Caribe se encargaron de que yo perdiera pronto el estilacho. Ni modo, hay costos que un hombre tiene que pagar. La Doctora Chocolate, que además de todas sus virtudes, tiene la linda costumbre de hacerse sus propios vestidos, venía toda en encaje negro y sin mucho que cubriera por abajo. Nuestra apetitosa cubana, un coquetísimo vestido blanco con lunares, algo así como de Minnie Mouse pero en cine blanco y negro. Así es, todos black and white y todos con máscaras que, más sabio, fue dejar sobre la mesa para poder besuquear con más destreza.
Mariana comenzó a bailar con su cubano favorito. Estoy de acuerdo con que vestido es de fácil acceso, pero ¡qué velocidad tiene es mujer para perder la ropa! La Pícara Acosadora, AKA Dra. Chocolate se les unió. Luego yo, y cuando nos dimos cuenta, teníamos entre manos una petite partouze en medio del paso de meseros e invitados.

Después de un par de codazos, optamos por llevar la fiesta al sillón. La imagen es linda. Un cubano masturba a una Mariana que le hace sexo oral junto su marido que masturba a una Doctora que me propina a su vez una sesión de besos de esas que le encantan a su servidor. Orgasmo, orgasmo. Bonito aperitivo.

Luego más platiquita. En el sillón, nuevamente, es fácil olvidar lo que se estaba diciendo, especialmente si la Cubana me acerca tanto la boca... Y bueno, a esa mujer nadie se le quiere resistir. Y yo menos que nadie. Mariana se va a bailar con sus amigos y nos deja a ese bombón y a mí tendidos cuan largos somos y a ella desnuda cuan sexy es. No sé qué tanto habrá pasado en la pista, porque a mí me pareció que volvieron en un suspiro. Y así, vi la mano de mi esposa acariciando el cuerpo que yo besaba. Una cosa llevó a la otra, sacó mi mujer un vibrador, y mejor optamos los seis por ir al playroom.

¿Alguna duda sobre lo bien que uno la pasa en una de estas fiestas?




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Libertines

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"Muerto de hambre" me quedé pensando en las razones por las que, en nuestra hambrienta sociedad, apelar a la necesidad económica de otro ser humano es una forma de insultarlo, cuando, al salir del club swinger Libertines, el gerentecito me grito a la espalda "Muerto de hambre". Luego nos tomó todo el camino de regreso pasar el mal trago, recuperar nuestro buen humor y llegar a casa para follar a pierna suelta.

Teníamos pendiente desde hace tiempo conocer el club swinger Libertines, lifestlye parties. Ciertos amigos hablaban bien del lugar y aunque las reseñas en SDC de algunos asistententes daban lugar a sospechas. No parecía correcto que Libertines no figurara en nuestra Guía de clubs swinger. Así que fuimos el sábado.

Era "Fiesta de Mucamas" y a nosotros el ritual previo de comprar ropita para salir a jugar nos gusta mucho. Así que preparamos el trajecito con cofia, mandil, puños y toda la cosa y atravesamos la ciudad a media noche para llegar a Satélite y encontrarnos con el local de un barecillo que sirve de sede. Seamos justos, Libertines tradicionalmente hace fiestas los viernes y apenas comenzaron, hará un par de meses, a apoderarse de los sábados. Así que la escasés de quorum no desilusionaba tanto. Casi todas las secciones del pequeño local estaban cerradas y sobre sillones modulares dispuestos en rededor de un metraje equivalente a la sala comedor de un departamento grande, se reunían otras tres parejas y un grupo de tres mujeres y tres hombres que, por su comportamiento y forma de sentarse, nos pareció que no eran tres pares sino eso, tres mujeres y tres hombres. Había también un caballero solo apostado tras una columna a pesar de que el evento se anunciaba para parejas y mujeres solas. Tal vez el detalle fuera nimio, pero a Mariana esas cosas le ponen los pelos de punta, y a mí me ponen en guardia. Como notamos que las asistentes habían, todas, omitido el dresscode, mi mujer, por no desentonar, se deshizo de accsesorios y quedó ataviada con un vestidito negro de patinadora en hielo con la espalda descubierta, medias de red a los muslos y unos tacones que estrenaba hoy. Me gusta verla así.

Elegimos, como es común para nuestro observador y tímido temperamento, una mesa en el rincón. Pedimos una cerveza y un whisky y mientras nos coqueteábamos el uno al otro, comentábamos lo mucho que nos gustaba la música, algo de electrónica antrera tranquila que facilitaba la conversación y prometía luego no interferir con el ambiente del playroom. La decoración es ochentera con vivos de otras eras: paredes negras, tres bolas disco, mucho humo de maquinita y sillones modulares de un vinil blanco que ya podría comenzar a tramitar su jubilación. Si el bar no fuera swinger, si no hubiera cover, si estuviera en la Condesa y vendiera vino por copa y cerveza artesanal probablemente la estética kitsch y la selección musical le bastarían para abarrotarse de jueves a sábado.

Pasó el tiempo, los demás comenzaron a bailar con rolas cada vez más poperas, a jugar a manosearse y a hacer filas de conga en su versión para adultos. Nada particularmente emocionante. Llegaron dos parejas más (entre ellas, otra con mucama francesa que se fueron en cuestión de una hora) y algún otro par pagó la cuenta y se fue. Algunos se divertían y otros no tanto. Mariana estaba cansada y había en el ambiente poco que la mantuviera interesada. Yo todavía tenía ganas de usar el playroom siguiendo nuestra política del "ya que estamos aquí" pero ella hizo otra propuesta. "Si nos vamos ahora podemos llegar a la casa con ánimos de jugar en privado". Le pregunté si no prefería aprovechar ahí mismo lo que quedaba de energía y dijo que no. El caballero de atrás de la columna la incomodaba un tanto. Como si fuera un acto de telepatía, el individuo pagó y se fue. Con el problema resuelto, volví a preguntarle si quería ir al cuarto oscuro y volvió a negarse. "De todas formas no estoy cómoda."

Pedimos la cuenta y al mejor estilo de puesto de quesadillas, el mesero, en lugar de traernos una comanda con el consumo, un ticket o cualquier cosa escrita, nos dijo el total: $350. Para dos chelas y un whisky me pareció excesivo y el mesero debió leer la cara que puse al sacar la cartera, porque me explicó: "$350 es el consumo mínimo, señor". En ninguna parte dice que hay consumo mínimo. Hace mucho tiempo decidimos que había un número de prácticas detestables en clubes para swingers. Todas tienen que ver con la cultura del table y la política de exprimir en su primera visita al cliente lo más posible. La primera de éstas es la de los consumos mínimos. Cada quien tiene derecho a cobrar el cover que mejor le parezca para garantizar la operatividad de su negocio. Hasta ahí, todos de acuerdo. Cada cliente tiene el derecho, también, de saber si paga o no por el servicio. Cobrar consumos mínimos, nos parece marrullero. Por eso no vamos ya a ningún lugar, swinger o no, que lo haga. Así que, si lo hubiéramos sabido, hubiéramos pasado la noche del sábado en Dreams. "¿En dónde dice que hay consumo mínimo?" "En la puerta se lo explicaron, señor." Estaba dispuesto a evitar la discusión y pedir un trago más para completar la cuenta, aunque eso significara empinarse un tequila de golpe y luego salir a esquivar alcoholímetros en un largo camino a casa. Pero me enteré que mi cuenta real era la mitad de lo que pretendían cobrarme.

"Nadie me lo explicó en la puerta."

"¿No se lo explicaron en la puerta?"

"No me lo explicaron en la puerta."

El mesero fue a la puerta, supongo que a ver que si me lo habían explicado o no, y regresó con el gerentecito, un chaval de playera estampada y pelitos parados, que pregunta.

"¿Hay algún problema, señor?

Le explico el problema.

"Ya veo".

Tres segundos pasan y nadie dice nada.

"¿Me cobras, pues, mi consumo real?

"No."

"Pero nadie me dijo que había consumo mínimo. No me puedes cobrar por algo que no pedí si nadie me advirtió que ese cargo existe."

Y entonces, viene la frase de la semana.

"Está publicitado por todos lados. Yo no tengo la obligación de avisar a nadie que el consumo mínimo existe"

"Si no me avisas, no me puedes cobrar. Tus fiestas se publican en SDC, en SwingLiving y en tu página web, en ningún lado, ni siquiera en las postales que tienes en la entrada dice que hay consumo mínimo."

"Ya veo"

"¿Me cobras, entonces, mi consumo real?"

"No."

Habiendo analizado el alcance cerebral de mi interlocutor pido hablar con Fernando, el dueño. Dice que sí y regresa en un segundo diciéndome que Fernando está ocupado, que lo espere un momento. Desde donde estamos podemos ver que Fernando, a quien nos habían presentado hacía unos meses en una pool party, estaba ocupado sirviendo de apoyo al trasero de una chica que le bailaba. Pensamos que podíamos darle dos minutos para desocuparse de su labor, pasados los cuales, me levanté de mi sillón y fui a hablar con él.

La verdad es que esperaba más entusiasmo de su parte; si tu gerente molesta a un cliente en un día en el que una pareja visitante representa más del cinco porciento de tu demanda total, tal vez quieras paliar un poco el conflicto. Pero bueno, cada quien trata a sus clientes como mejor le parece. Al final y después de oír mi historia acepta cobrarme sólo nuestro consumo. Nos vamos de ahí, no sin antes pagar un billete de 200 que incluía sensatos veinticinco de propina.

A la salida pasamos frente al gerencito, a quien debe dolerle mucho que su jefe cobre $175 menos de lo planeado para la noche, porque al parecer se tomó el incidente de manera muy personal. Al caminar hacia mi auto lo oí gritarme a la espalda "Muerto de hambre".

Eso es lo último que tuvimos de Libertines, un insulto gritado como berrinche desde la puerta de un sitio alejado de casa, al cual no creo volvamos a ver. Nos trepamos en el periférico y pasado el mal trago usamos algunas horas de la madrugada para follar sobre la mesa del comedor.

 

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Una historia de Desire

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     Mariana está cansada. Me dice que esta noche no quiere bajar a la disco, que prefiere quedarse en el cuarto y ordenar la cena. Me resigno; cada vez que estamos en Desire, ella se transforma en un hada madrina de lo erótico. ¿Con qué cara decirle hoy, que es nuestra primera noche, que me muero de ganas de salir a jugar como los niños chiquitos, de hacer amiguitos, de follar hasta que se acabe el Red Bull? Ni modo, mañana me desquitaré desde temprano. Ahora no me queda sino un baño de agua caliente, lo más caliente posible para adormecerme y no escuchar la fiesta en el Melange. Salgo de la regadera un poco mareado y pensando en ese colchón donde se duerme mejor que en ninguna otra parte del mundo. No logro precisar cómo ocurre, pero sobre el sillón, Mariana está desnuda con las piernas abiertas. Suda. Me pide que vaya con ella, pero el efecto del agua caliente me tiene aún desorbitado. Camino cruzando desnudo frente al balcón abierto. Lo hago a propósito, esperando que el aire del exterior me devuelva a la realidad. Afuera, las parejas van de un lado al otro con disfraces atrevidos. Adentro, ella sobre el sillón se extiende como camino sin regreso. Los muslos separados sin pudor alguno. La mano en el sexo y en la mano un vibrador que yo no conocía.
   
 "Compré una sorpresa. ¿Quieres venir a jugar conmigo?" Le digo que prefiero no. Me siento a la orilla de la cama y gozo viéndola gozar. El color magenta del juguete se esconde entre los pliegues rosados de Mariana, y vuelve a salir, esta vez con más brillo. Estoy sintiendo como una erección me estira la piel, y resisto la tentación de frotarme el pene. Lo dejo solo, y concentro la mirada en las curvas erizadas de mi amante que, por el momento, parece no necesitarme. Eso es un sofisma, ambos sabemos que su deseo se alimenta con mis ojos, mis ojos que se clavan en sus movimientos de la misma forma que, en su coño se clava el consolador. La excita ignorar que del otro lado del cuarto, un hombre desnudo y enamorado se muerde los labios para no morderla a ella e interrumpir con eso un ritual tan egoísta como erótico.


Sin ningún tipo de aviso previo, se pone en pie. Pone cara de que no ha pasado nada y camina hacia la maleta. Una pantaleta diminuta, una falda larga y trasparente y un brassiere. Antes de hacer nada, se asegura de tener a su aliado con pilas activo y muy adentro. La pantaleta sirve para detenerlo mientras ella puede caminar y moverse con cierta soltura. De cualquier forma, mantiene las piernas apretadas. Acaba de ponerse las otras dos prendas y me dice "Vámonos". No sé si es mi imaginación, pero noto la vibración en su voz. Apenas acierto a ponerme algo encima. No me preocupo demasiado por disimular que entre las piernas llevo un monumento a la calentura y entonces salimos del cuarto.


Llegamos a L'Alternative cuando la fiesta ya tiene tiempo de haber empezado. La noche se nos va entre el vino y la música. Miramos a las otras parejas provocarse, romper límites, descubrirse. Hablamos sobre quién nos gusta, nos damos pistas de con quién pasaremos el resto de las vacaciones. Nos hacemos promesas y nos sugerimos invitaciones. Esa noche no visitamos el play-room. Tampoco nos hizo falta. Nadie supo, que en una mesa arrinconada, mientras intercambiábamos miradas y nos acariciábamos las manos, Mariana se entregaba a múltiples orgasmos seriales provocados por el polizón que viajaba bajo su falda. Tampoco supo nadie, que de camino al cuarto, en un pasillo, Mariana me regaló una bien venida con calor costeño y en su boca.




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SQ, el poder del desfío las y parejas E.V.A.

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Me llamaba la atención que SQ se definiera como una opción, no swinger sino E.V.A. (Estilo de Vida Alternativo) Es decir, defienden que el mundo SW está ya muy acorrientado y que es necesaria una nueva ideología. En parte coincido con esto, cuando menos en la mayor parte de los casos de la Ciudad de México. Me parecía curioso que su presencia en la red es casi nula, y pensé que si el club que más me gusta fue el más difícil de encontrar, y el que menos, el más sencillo, quizá también hablaría del tipo de parroquianos, tal vez,  más selectos y menos proclives a soluciones simples. No sé, hasta ahora, sólo elucubraciones.
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Dreams, swingers selectos

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Alguna vez alguien me dijo con sorna a propósito de unas fotos de orgías albergadas en la red que si todos los swingers de esta ciudad son feos, o que si los swingers bonitos se reunen a escondidas de los demás, para que nosotros, los swingers feos nunca sepamos de ellos. 
Hace tiempo que Mariana y yo perdimos esa batalla. En una sociedad tan estratificada como la mexicana, la única teoría que se me ocurría al respecto es que eramos pocos los que nos aventurábamos a descender por las escaleras de la noche con el riesgo de toparnos con algún conocido. Por lo tanto los contados clubes para parejas estaban ocupados con personas que poco tenían que ver con lo que nosotros buscamos. Y en fin, si se trataba de gente con la que no querríamos platicar, ¿por qué querríamos desnudarnos frente a ellos?
Ella fue incluso uno pasos más adelante que yo; mientras yo albergaba esperanzas de renovar nuestra vida liberal en alguno de los sitios de reciente apertura; Mariana dio por clausurado el capítulo Ciudad de México, y comparando sus escapadas locales con Desire, New Horizons, y con vistas futuras a Cap d'Agde, decretó que nada interesante podía esperarnos aquí, en la región más transparente y que entre el mundo swinger y nosotros, sólo podía mediar un avión.
Soy necio, y aunque todos los días constato lo contrario, no puedo creer que la ciudad más grande del mundo tenga tan poco que ofrecer a la vida de los hedonistas, por eso seguí en la búsqueda y el sábado pasado invité a mi mujer a que fueramos a Dreams.
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La Casa Swinger

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Mariana decidió que el Club de Pedro ya no es una opción, y cada vez es más difícil encontrar lugares para ir a hacer travesuras dentro de la Ciudad.  Por eso aprovechamos que acabábamos de tener una cena coqueta en la Colonia Nápoles, que Mariana estaba linda y que yo me había arreglado para salir.
-¿Probamos Casa Swinger?
-¿Que sabes de ella?
-No gran cosa; que está por acá y que podemos llamar para preguntar?
-Vale

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De vuelta en El Real

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La semana pasada volvimos a El Real y finalmente conocimos sus nuevas instalaciones. Ahora tiene más cara de antro y no sé si eso sea bueno o sea malo. Pero llegamos tarde y cansados de la carretera así que nos sentamos en un rincón de la barra a recuperar las fuerzas. Mariana traía minifalda, pero el frío le había dejado puesto el suéter del camino. Brandy y mojito nos acompañaron a reencontrarnos. La luz le caía bien sobre la cara. Los banquitos altos me parecen sensuales porque invitan a jugar con las piernas, y por otro lado, nadie en el lugar hablaba con nosotros, de hecho creo que nadie nos vio entrar siquiera.
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Villa Cleopatra en Cuernavaca

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Todo lo que tiene que ver con sexo es, por lo regular, obscenamente caro, así que no quise, por pudor, preguntar cuánto costaba el fantástico aparato, y no creí además que fuera fácil de conseguir en México. Por otro lado, no es que en nuestro espacioso departamento, se pueda guardar discretamente uno de esos muebles (la bicicleta fija todavía no encuentra, después de la mudanza, manera de disimularse) Tampoco lo encontré en internet, razón por la cual este post se quedará sin una linda foto que lo ilustre, pero la sola presencia de tal adminículo es una razón suficiente para visitar Villa Cleopatra.
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Wicked Club en Cuernavaca

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Los lectores constantes de este blog, sabrán que nuestra visita, hace ya algún tiempo, al Club SW de Pedro fue un éxito. Sin embargo, salimos con una reflexión que, gracias a un viaje express a Cuernavaca, volvimos a retomar. ¿Por qué, el mundo del sexo en México tiene que estar peleado con el buen gusto? Nos parecía, en aquel entonces, que si alguna empresa se lanzaba a la cándida aventura de cuidar el mobiliario de un club para parejas, si alguien osaba, seleccionar con cuidado el tipo de copas, o si había algún atrevido que pugnara por un diseño de iluminación medianamente elegante, la aventura financiera estaría condenada al fracaso. Estábamos un poco tristes al respecto; ser aficionados a las orgías, nos metía en el mismo saco de todos aquellos a los que los detalles no les interesaban en lo más mínimo, de todos aquellos que seguían atorados en el paradigma de que la luz negra es hermosa.

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Desire Los Cabos 3.1

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(Posiblemente el último capítulo de Desire)
El mar está lejos. Lo separa de nosotros una barrera de cristales esmerilados y la diferencia en las temperaturas del agua. Aquí, en el jacuzzi, el agua está caliente. Hace algún tiempo, dejé de tener en la mano un vaso con vino espumoso. El pequeño pelotón que formamos otras dos parejas, Mariana, y yo, todos igualmente desnudos cambiamos nuestras provisiones por una botella completa que al vaciarse se transformaba, otra vez, en una botella nueva por obra y gracia de Gerardo, el bar-tender de la tarde.
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Desire Los Cabos 2.2

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La primera noche visitamos la disco del hotel con nuestros difraces de "Emergencia 69". El lugar era ruidoso, y todos los que durante el día estuvieron desnudos junto a la alberca ahora vestían de maneras fantásticas. Le había pedido a Mariana que llevara un juego de ropa interior blanca con brillos, y le compré, antes de salir de México, y sin que ella se enterara, una bata blanca como de laboratorio de secu. Dr. Mariana Hot. Se veía más divertida de lo que yo me imaginaba. Después de dos copas de Merlot, y de que ella participara en un concurso en la pista, bailamos un poco y decidimos visitar el Play Room.
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Desire Los Cabos 2.1

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Mariana tardó poco en acostumbrarse a tomar el sol desnuda. Durante la primera hora conservó la parte de abajo del bikini, pero para después de la comida, ya no había nada para ocultar. Así exploramos el hotel entero: nos cambiabamos de un sitio a otro envueltos en una bata que, justo antes de tumbarnos, nos quitábamos, y con un trago eternamente en la mano. Casi todo el tiempo yo bebía vino blanco espumoso, para evitar hacer corto circuito con el tinto a la hora de la cena. Ella parecía una niña en la juguetería, eligiendo entre los muñecos los que más le gustaban. Me dijo con una sonrisa maliciosa: "¡Mira papá, cuántas nalgas gueritas!" Le advertí entonces que tendría que practicar su inglés, y no pareció molestarle. La tarde que llegamos a los cabos no tuvimos sexo con nadie más. De la noche, podría decirse algo parecido, aunque no del todo cierto.
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Desire Los Cabos 1.1

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El regreso de las vacaciones está marcado por un patrón de emociones en la piel. Las entradas que seguirán a ésta, seguramente serán caóticas como, sin ningún orden, fueron nuestras actividades en el Desire Spa and Resort de Los Cabos- lo único que acierto a decir ahora, es que el viaje que Mariana y yo fuimos a hacer, no recorrió ni sitios de interés humano, ni maravillas naturales. De hecho, creo que en los seis días que estuvimos fuera, no vimos nada de lo que todo turista está obligado a ver en la Península de Baja California. Sin duda, no desperdiciamos el viaje.
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El Club SW de Pedro

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Al menos en la Ciudad de México, parece haber un consenso: El único bar swinger de calidad respetable es el Club SW de Pedro López. Es un fenómeno que escapa por mucho de mi comprensión, pero sin duda, algo hizo bien ese hombre que nadie más logró. El lugar es enorme y hay muchísimas parejas de distintos aspectos y edades. No lo recomendaría para una primera aproximación al delicioso mundo de las orgías, y sin embargo, este es el mejor sitio para ver y elegir.
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Cine Erotika

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Era domingo y quisimos salir antes de la hora de la comida. Siento muchísima admiración por la capacidad empresarial de los dueños de Erotika, la sexshop de color rosa que está por toda la ciudad. Resulta que abrieron un cine porno en la calle de República de Cuba, en el Centro Histórico. La principal virtud del lugar consiste en que el segundo piso es VIP, es decir, sólo para parejas y mujeres solas (lo cual, nunca he visto, pero en fin...) El caso es que Mariana se vistió con su personalidad alternativa, una chica un tanto ordinaria que algunas veces funge como mi amante.
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El Real en Cholula Puebla

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En el mero centro de Cholula, Puebla, en la capital de la mochería mexicana, discreto y con cierto aire regional, se abre por las noches de viernes y sábados El Real de Catorce. Se trata de un clubcito SW propiedad de Nathalie. El lugar tiene su encanto, y las bebidas, servidas personalmente por la dueña, están considerablemente bien. A Mariana y a mí, lo que más nos gusta del sitio es que está fuera de la Ciudad de México, y con eso el ritual de hacer el amor a la vista de varios desconocidos aumenta su interés.
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